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Despedida

Parece que fue ayer, era un crio, corría por tu casa, trasteando, tocándolo todo, pero tú nunca protestaste, siempre lo arreglabas todo con una sonrisa y las palabras adecuadas. El tiempo pasaba y la distancia hacía que nuestros encuentros fueran escasos pero intensos. Me hice mayor, y es verdad aquello que dicen, que nos vamos despegando, desarraigando y poniendo nuestras semillas en otros lugares, en otras personas, es ley de vida.

Con los años te vas dando cuenta, empiezas a entender que no somos eternos, que somos mortales, que la vida es tan frágil, que en un segundo, todo puede cambiar drásticamente, pero preferimos negarlo y hacer oídos sordos a una realidad que nos asusta. Tenemos miedo a afrontar, que veremos morir a las personas que queremos, pero llegado el día, todo se olvida, y el dolor nos abate.

Llegaste a una edad, en la que los cuerpos se resienten de una vida larga y sin descanso, de una vida de trabajar para los tuyos, de criar y mantener a una familia que no siempre lo tuvo fácil, pero hay que reconocer que lo lograste. Puedes verlo desde donde estés, orgullosa, de haber dejado un legado tan grande, unos hijos con valores, que quieren a los suyos, que luchan por seguir adelante sin ti. Has dejado unos nietos que echarán de menos el cariño incondicional de una abuela ejemplar y maravillosa, atenta y generosa, y que sin duda será imposible reemplazar el inmenso hueco dejado en nuestras vidas, hoy un poco más vacías.

Son las líneas más dursa que he escrito jamás, pero te las mereces, hacer saber que fuiste extraordinaria, nunca será un problema, y que formaras parte de nosotros, un orgullo. Siempre te recordaremos como lo que fuiste, una madre espectacular y una abuela genial. Nunca me han gustado las despedidas, soy más de un hasta pronto, que de un adiós, y bueno como no pude despedirme de ti como te merecías, esto es lo más parecido a ello. Espero que algún día pueda decirte esto a la cara, lo que nunca pude decirte mientras estabas aquí.

Hasta pronto abuela…

 

Cantos de sirena

Escapando de dulces mentiras, que se enredan, y se hacen parte de ti, hasta que caen como las hojas de los árboles en otoño, y se muestran como lo que verdaderamente son, mustias y marchitas palabras que las arrastra el viento. Nunca se espera ser decepcionado, y menos por aquellos a los que tu confianza depositas como el más valioso tesoro. Pero nos encontramos inmersos en una vorágine que no entiende de ciertos valores que antaño se poseían. Honor, lealtad, respeto, cortesía, equidad, ya han quedado como estandarte de unos pocos, que son tachados de necios por seguir manteniendo dichos ideales, y siguen padeciendo en su piel y a su alrededor, la falta de los mismos.

No es necesario destapar ni a héroes ni a villanos, ni a sinceros ni a falsos, ni a valientes ni a cobardes, solamente saber si es cierto que de cada verdad, hay tres mentiras detrás. Nos proponemos muchas veces entrar en el juego al que parece ser todos juegan, jugar a no ser claro, a no ponerse en el lugar del otro, y saber que aún moviendo ficha, al otro lo vas a tirar del tablero, y que ni un instante lo consideres lo más mínimo. Jugar a conseguir lo que se quiera, sin importar a quién arroyas por el camino, y llevar como consigna una postura maquiavélica.

Hoy, simplemente, hay que soltar lastre, deshacerme de todo ese peso que se ha cargado a la espalda durante tiempo, y hacer la marcha más liviana. Intentar seguir caminando, apartando la maleza, para poder ver con nitidez el camino marcado, un camino sin trampas, sin dobleces, sin tejemanejes, y en definitiva, sin traiciones. Saber distinguir, los cantos que oigamos, y llegar a buen puerto, y no naufragar por confusos cantos de sirenas.

La primera vez que me engañes será culpa tuya, la segunda vez, será culpa mía. (Proverbio Árabe)

Al mar

Surcar los mares, en esta vieja barcaza, cuya madera cruje con el golpear de las olas. Sentir que nada me ata, que nada me retiene. Sentir el viento en la cara y que la sal impregne mi ropa. Perderme en la inmensidad del mar, y dejar que el irrisorio destino que comande mi nave.

Solo, sin nadie a quién obedecer, sin nadie a quién rendir cuenta de mis actos, nadie a quién deber pleitesía. Navegar sin patria a la que defender, ningún estandarte que reverenciar, solamente ser mi propia bandera y capitán.

Dejar en tierra preocupaciones y rutinas. Olvidar puñales escondidos tras una mano amiga, olvidar miradas de unos ojos tristes, olvidar el llanto y el sufrimiento que producen las decepciones, simplemente, olvidar. Recordar viejas leyendas sentados a la mesa con los camaradas de siempre, los que tras mi marcha me recordarán. Añorar los besos de una bella mujer, el calor de una cama. Añorar todo lo que realmente me importa, pero he de dejar atrás.

Navegar como un pirata, sin que nada ni nadie me detenga. Con la única compañía de las olas, la mar, el sol y la luna. Navegar y dejarme llevar, buscar lo que todo hombre ansía, libertad.

A fuego

Y el mar de distancia que había entre los dos, se evaporó por el calor que desprendían nuestros cuerpos. Mi mirada clavada en sus labios rojos como el fuego, mientras su lengua jugaba a columpiarse en ellos, y darles un brillo casi onírico. Cada centímetro que nos acercábamos, era un escalón bajado hacía el mismísimo infierno.

Nuestros cuerpos por fin se tocaron, posé una mano en su cadera, y la otra acariciando su mejilla, sirviéndome para apartar el pelo de su ruborizada cara. Me agarró de la cintura y me pegó hacia ella. Las puntas de nuestras narices buscaban su sitio, una al lado de la otra para dejar paso a unos labios que se llamaban a gritos mudos, como si fuese el primer beso que daban. Comienzo a jugar y mi lengua se enlaza con suya, vacilo por su boca, aprieto suavemente su labio con mis dientes, pequeños mordiscos que disparan sus ganas de besarme.

 Me separo lentamente, abro los ojos y la miro, me mira y me sonríe. Acaricia suavemente mi cara cubierta por una barba de varios días. Estamos en una pompa y nada de lo que sucede alrededor parece importarnos. No hay ni ruidos ni silencios. Cierro mis ojos y vuelvo a lanzarme como un kamikaze hacia su cuello con olor a caramelo, el cual recorro soplando y besando lentamente, hasta llegar a su oído, donde entre susurros se me escapa lo que me gustan esas pecas que adornan su dulce rostro. Sus manos aprietan mi espalda y siento como sus dedos van dejando huella en mí.

Intento abrir la puerta de mi casa, pero hoy parece más difícil de lo normal. Suena el ansiado clic, la puerta se entorna, mientras seguimos enzarzados, dando rienda suelta a nuestros deseos. Cierro la puerta de una patada sin dejar de abrazarla. Las llaves se caen al suelo, rompiendo el monótono silencio de la noche. La casa en penumbras, es iluminada por la luz de las farolas y por una luna creciente que parece sonreírnos desde el último confín del cielo.

Seguimos besándonos como si fueran los últimos besos que diésemos, y nuestro pulso se dispara. Bajo mis manos por sus caderas, y la agarro con fuerza, suspendiéndola en el aire. Sus piernas cruzan mi cintura, y la apoyo fuerte contra la pared. El cuadro que había colgado a nuestra derecha, yace en el suelo. El show continúa y nuestra respiración acelerada dibuja el camino a seguir. Sin cambiar de posición nos adentramos en el oscuro salón, y la mesa parece ser el sitio elegido para seguir con el juego. Con el brazo, aparto todo lo que hay en la mesa, provocando un caos en medio de la noche. Los libros, unas fotos, y los restos de una taza, esparcidos por el suelo, serán mañana la prueba de que todo ha sido real.

Dejo que su espalda descanse sobre la mesa rectangular de madera envejecida, cuyas vetas, serán testigos de algo mágico. Ella se incorpora, y mientras me besa, desabrocha rápidamente cada botón de mi camisa, y desata el ya malogrado nudo de mi corbata y la lanza al suelo. Sus manos bajan hasta mi cinturón, y en un visto y no visto acompaña a la camisa en una de las sillas cercanas. Es mi turno, y me coloco sobre ella como dos líneas paralelas, le quito la camiseta, que sigue manteniendo ese olor que tanto me gusta. Entre caricias, besos y miradas, mis manos rodean su espalda y con un sencillo movimiento su sujetador cae desplomado sobre la mesa.

Mis manos y mi boca se pierden entre sus curvas reflejadas por la tenue luz proveniente de la ventana. Corazones latiendo, parecen que pedir a gritos salir del pecho. Un sendero de besos que ha comenzado en su cuello, que ha bajando por su pecho, y llegando a su ombligo. Mis manos suben por sus piernas hasta llegar a sus muslos, los cuales parece que hacen el amago de temblar. Gotas de sudor recorren nuestros cuerpos, deslizándose sin control buscando otro cuerpo con el chocar. Y allí, bajo el manto y la intimidad de la noche, hicimos el amor hasta que nos faltó el aliento y la pasión se tornó en ternura. Las farolas se apagaron, la luna se escondió, y los primeros rayos de sol hacían su aparición.

Al despertar, enredados en las mantas, nos miramos y sonreímos con los ojitos achicados después de una noche un tanto loca. Me levanto y preparo dos tazas de café y vuelvo a la cama. Al llegar, está sentada en la cama, con esa mirada pícara y con los labios pintados los cuales resaltan sobre el blanco de las sábanas. Me hace un gesto con su dedo, pidiéndome que me acerque. Dejo las tazas de café caliente encima de la mesita, y bajo la persiana. El cuarto se vuelve a quedar a oscuras y parece que la noche ha regresado. Y una vez más vuelvo a clavar mi mirada en esos labios rojos que…

No quiero

No quiero que seas la que mejor me conoce, ni la que olvida mi nombre

No quiero que seas la que susurra en mi oído las frases más geniales, ni la que lo traiciona con quimeras

No quiero que seas mi veneno, ni mi antídoto

No quiero que seas a la que vaya a ver caer, y tenga que levantar

No quiero que seas la que despierte a mi lado cada mañana, ni la que sabe que nunca podrá hacerlo

No quiero que seas la primera a la que llame cuando necesite contar lo que me atormenta, ni tampoco la última en saber mis secretos

No quiero que seas a la que bese por impulso, ni a la que evite rozar

No quiero que seas el color de mi iris, ni a la que mi mirada desprecie

No quiero que seas la que me eche de menos aún estando a mi lado, ni la que no me extrañe estándolo

No quiero que seas todo para mí, ni que seas lo más insignificante de mis días

No quiero que seas la que sabe que me pasa tan solo con mirarme, ni la que no reconozca un gesto triste en mi rostro

No quiero que seas la que vive por mí, ni la que por mí no muere

No quiero que seas la que alegre mis domingos, ni la que haga de ellos los días más solitarios

No quiero que seas la que dispare mis pulsaciones solamente por estar cerca, ni la que congele mi sangre cuando no estés

No quiero que seas la que me de paz y sosiego, ni la que no provoque guerras a mi alrededor

No quiero que seas la que me quiere en el más absoluto de los silencios, ni la que lo proclama a los cuatro vientos

No quiero que seas la que despierte en mí la mayor de las pasiones, ni la que me arrope con un manto de frialdad

No quiero que seas te quiero, ni que seas te odio

No quiero que seas conmigo, ni que no seas sin mí

No quiero que seas mi pasado, ni tampoco mi futuro, solamente mi presente

No quiero que seas, ni que dejes de serlo

Pero por querer,  quiero que seas quién entienda por qué escribo, pero no entienda por qué callo.

Capítulo 1. Donde todo empieza.

-        Adam, Adam, despierta. Vamos a llegar tarde.

-        Vale, ya voy, ya voy.

Son las 11:30 de la mañana, hoy se me han pegado un poco las sábanas, pero he de decir que ha sido culpa del insomnio, que ha decidido venir a visitarme. Se me olvidaba que anoche quedé con mi compañera de piso en ir a buscar a su hermana a la estación, que venía a pasar unos días a casa. Tengo que dejar de hacer promesas a partir de las dos de la madrugada, de las cuales acabo siempre arrepintiéndome por la mañana. Su hermana llega dentro de dos horas, pero mi querida compañera es un poco maniática de la puntualidad y siempre quiere llegar una hora antes al sitio, cosa que yo siempre veo absurda. Me ducho, desayuno, recojo mi habitación y me visto. Sudadera, camiseta, vaqueros caídos, zapatillas DC, colonia de Hugo Boss y mis Ray-Ban colgadas de la camiseta.

Tengo aún tiempo de sobra hasta que haya que salir. Enciendo el portátil, reviso el correo, esperando buenas noticias que nunca llegan. Leo la prensa, para saber qué ha ocurrido en el mundo y llegar a la conclusión de siempre, el mundo sigue siendo un asco. Entro en Facebook, y solamente una fastidiosa invitación a un juego, que rechazo instantáneamente. En el móvil tampoco hay nada, ni llamadas, ni un mísero mensaje de publicidad de mi operadora. Definitivamente, esta mañana no la recordaré por estar muy solicitado socialmente.

Mientras espero que mi compañera termine de arreglarse, pongo música. Suenan alto The Killers, los vecinos son personas mayores, y los pobres no tienen ya mucha capacidad auditiva, lo que es una ventaja a la hora de poner música y montar fiestas en casa. Mi compañera pasa por delante de la puerta de mi habitación, corriendo, con una toalla enrollada en la cabeza y otra en el cuerpo. Ya he llegado acostumbrarme, ya ha pasado un año conviviendo con ella, pero al principio no puedo negar que no la seguía con la mirada. Se llama Dafne, pelo liso y largo rubio, ojos claros increíbles, el tipo de chica que siempre me ha gustado. Agradable, simpática, inteligente, estudia y trabaja, pero como todas, tiene sus manías.

Bueno parece que la señorita está lista, y por fin podemos ir a recoger a su hermana, de la que pocas veces me ha hablado. Hace buen día, da gusto pasear con este tiempo. Si es como dice que es, me espera un terremoto en casa. Llegamos a la estación y tras esperar más de media hora sentados, la megafonía anuncia la llegada por el andén tres del esperado tren. Y ahí estaba ella, con su maleta gigante con ruedas, las cuales hacían un ruido que parecían pedir clemencia por llevar exceso de peso. Después de fundirse en un abrazo y unos pequeños gritos de niñas adolescentes al ver a su cantante favorito, se acercan a mí.

-        Mira Adam, esta es mi hermana, se llama Carol

-        Encantado Carol, un placer conocerte

-        Lo mismo digo Adam, mi hermana me ha hablado mucho de ti, y muy bien por cierto jajá

-        Me alegro, pero seguro que tu hermana exagera, como siempre jajá. Bueno que os parece que deje ese maletón en casa, y mientras os vais poniendo al día, y ahora os llamo para tomar algo.

-        Oh, muchas gracias Adam

-        De nada, bueno ahora nos vemos

-        De acuerdo, muchas gracias de nuevo.

El camino de vuelta a casa, mejor olvidarlo, la gente me miraba al pasar. Una maleta rosa enorme, que pesaba más que yo, y en la que creía que habría piedras procedentes de una mina o un par de cadáveres Menos mal que mi casa no estaba muy lejos de la estación y la humillación no fue excesiva. Llego a casa, dejo la maleta en el cuarto, y voy a buscar mi recompensa a la nevera, una cerveza fría, me lo tenía merecido por ser un buen chico.

Vaya, estoy aquí contando mi vida y ni siquiera me he presentado. Me llamo Adam, tengo 23 años y soy estudiante. Ahora mismo, no puedo decir que pase por mi mejor momento, ni mucho menos, de hecho es una época un tanto confusa para mí. Hace tiempo que lo he dejado con mi novia, y aunque han pasado meses, sigue resultándome raro, pero no quiero ponerme melancólico ahora, es una historia que ya os contaré en otro momento. Es hora de llamar a las hermanas y ver qué hacen.

-        Rubia, ¿dónde estáis?, que salgo ya de casa

-        Estamos en mi bar, te esperamos aquí ¿vale?

-        De acuerdo, ahora nos vemos

Doy el último buche a la cerveza, cojo las llaves y cierro la puerta. Bajo por las escaleras y me encuentro a mis vecinos, la pareja de ancianitos adorables que todos querríamos que fueran nuestros abuelos. Están un poco sordos y mantener una conversación coherente es difícil, siempre intento concentrarme al hablar con ellos, pero creo que entenderlos sigue siendo mi asignatura pendiente. Me aventuro a preguntarles qué tal están, lo que me introduce en un bucle absurdo de frases sin sentido…

Dedicado…

o  Una cerveza en cualquier bar

o  Una tarde tirados en el sofá

o  Una mirada que lo decía todo

o  Una sonrisa cómplice que nadie más entendía

o  Una discusión sin sentido que siempre acababa siendo nada

o  Una noche que terminaba viendo el sol salir

o  Una película que nos decepcionó

o  Una canción que siempre me recuerda a tí

o  Un mensaje al teléfono cuando menos esperabas y que siempre te sacaba una sonrisa.

o  Una apuesta que nunca ha llegado a cumplirse

o  Un consejo que nos dimos y nunca seguimos

o  Un paseo juntos sin decirnos nada

o  Un viaje planeado, que aún no hemos hecho

o  Un camino que tarde o temprano sabíamos que se separaría

o  Una conversación por internet hasta altas horas de la madrugada

o  Unas lágrimas compartidas

o  Esa primera foto que nos hicimos, y que siempre vuelve hacerte reír al verla

o  Una caricia cuando más falta hacía

Y mil cosas más que recordar. En definitiva, un folio que espero se siga llenando con el tiempo.

Porque hay personas importantes a nuestro lado, a las que nunca le decimos lo que realmente merecen escuchar, y yo tampoco soy muy dado a ello, pero hoy, no es uno de esos días. Solamente espero que te guste y recuerdes…

Sueños de papel

Llevo un buen rato despierto, y sentado en el escritorio, mis manos han buscado ansio sas una pluma y un folio. Me había imaginado muchas veces como sería despertar a su lado, y aquí estoy, dándole al sueño una realidad. Su pelo alborotado sobre la almohada, apenas deja ver su cara de mejillas sonrojadas. Esos graciosos hoyuelos debajo de sus labios me encantan. Podría pasar el resto de mis días contemplando esta escena, sacada del mejor lienzo jamás pintado. Enredada en sábanas blancas, que acarician su piel suave que siempre huele bien, y que parece tener algo magnético, que hace que solamente quieras estar a su lado..

Me deslizo sigiloso hasta la cama, no quiero despertarla, pero esos bonitos ojos marrones, ya se han abierto, y están clavados en mis pupilas. Se gira y sonríe, y la habitación se ilumina como una noche oscura con fuegos artificiales.

-        Ups, no era mi intención despertarte, lo siento.

>        No te preocupes llevo despierta un rato, me hago bien la dormida jajá.

-        Ya veo, me habrás pillado dando vueltas por aquí.

>       ¿Has dormido bien?

-        No te lo puedes ni imaginar, he dormido como un niño chico jajá

>        Yo también he dormido genial, hacía tiempo que no dormía abrazada a nadie.

-        Bueno, he preparado el desayuno: zumo de naranja, café, tostadas, un poquito de mango y piña, y croissant de chocolate.

>       Nunca me habían traído el desayuno a la cama, me encanta.

-        Pues mira debajo de la almohada, hay algo más…

>        Oh Azahar, qué bien huele, esto es… es…

-        Son tonterías, solo quería alegrarte la mañana.

>       Pues lo has conseguido jajá

Mientras desayunábamos en la cama, Yellow de Coldplay, sonaba de fondo… y yo entre dientes cantaba y ella me miraba riendo.

 

-        And you know, for you I’d bleed myself dry

(Lo sabes, por ti sangraría hasta secarme)

>       Qué mal cantas jajá

-        Habrá que escucharte a ti, con esa voz de duendecillo jajá

>       Por cierto me tienes intrigada, ¿Me puedes decir qué estabas escribiendo antes?

-        Nada, cosas absurdas, sin importancia.

>       Venga ya, dímelo, no seas tonto.

-        He escrito cosas que alguna vez imaginé.

>       Pues déjame leerlas, quiero saber qué imaginaste.

-        No hace falta que las leas, las has vivido.

>       Pero aún así, me gustaría que me lo dijeras tú.

-        ¿Decirte qué? ¿Las veces que había querido tener al menos un día así contigo?, ¿cómo sería cerrar los ojos y al abrirlos al día siguiente que fueras tú lo primero que vieran?

>       Oh, me dejas sin palabras.

-        Y esta noche he soñado cosas nuevas.

>       ¿Ah sí? Dímelas por favor.

-        He soñado que al despertarme, eras lo primero que veía, qué observaba lo bonita que estás sin maquillar, que tu primera sonrisa del día era para mí, y tras preguntarme qué había escrito, volveríamos hacer el amor, con tantas ganas y dulzura, que detenía el tiempo para que nunca se acabara. También que desayunábamos en la cama, y que lo que había fuera de estas cuatro paredes no me interesaba en absoluto, porque el resto del día lo pasaba contigo aquí.

>       Los sueños están para ser cumplidos ¿no?

-        Bueno sí, pero los sueños que no son alcanzados también son un lastre…

>       Pues dejemos de soñar ahora, y hagámoslo real.

 

Réquiem

Redoblan las campanas en una pequeña iglesia, es temprano, y el replicar de las mismas hace volar despavoridas a unas palomas en lo alto del torreón. Es una mañana fría de sábado. Todos están presentes, familia, amigos, compañeros de trabajo y gente cercana, los cuales no pueden faltar un día como este.

No paran de escucharse anécdotas, historias, chiquilladas de cuando erais  críos, y tanto os divertíais sin responsabilidades ni preocupaciones de ningún tipo, de una adolescencia plagada de amores y desamores, viajes y alguna que otra pelea típica de la edad, las malas notas que de vez en cuando llegaban a casa, etcétera. Ves a esos amigos de la infancia que nunca se han apartado y a los que la vida ha querido dejar a tu lado, y aunque no los veas cada cierto tiempo, siempre han estado y estarán.

Tus padres, tus hermanos, tus tíos y abuelos, hoy no han querido faltar tampoco ni dejarte solo. Pero entre toda la multitud, la persona con la que compartes tus días, por la que sientes lo que jamás pensaste sentir. Quién te iba a decir que hace 10 años, en aquella cafetería, donde solías ir a tomar café después de clase, te esperaría la persona que ha llenado el vacío que siempre buscabas ocupar. Te acercas, la besas y acaricias su pelo, que sigue oliendo igual de bien que el primer día que la conociste. Es imposible quedarte con un momento con ella, todos han sido maravillosos, aún cuando os peleabais por tonterías y formábamos auténticas tempestades, y al rato volvía todo a ser todo tranquilidad.

Tu jefe, tus compañeros, que con alguna sonrisa recuerdan tu primer día de trabajo con ellos, lo nervioso que estabas, y lo pesado que te ponías cuando querías saber o no entendías algo. Todos esos días de trabajo interminables, deseando volver a casa, problemas, frustraciones, discusiones, que eran más llevaderas gracias a todos ellos. Las cervezas después de salir de trabajar, comentando chascarrillos, los imprevistos y alegrías que hacían el día a día una nueva aventura junto a ellos.

Pasas por su lado, intentando estar un poco con todos ellos, pero es imposible tener tiempo para participar en todas esas pequeñas conversaciones. El viento parece levantarse, y juega con el pelo y la ropa de los asistentes. Las campanas vuelven a pronunciarse y todos van entrando lentamente en la capilla, el gran momento se acerca, aunque parece que el tiempo se ha parado.

La capilla iluminada por los cirios y velas cerca del altar, y por unas bombillas de lúgubre luz, dan un toque bastante íntimo a esta celebración. El silencio es roto por unas palabras provenientes del altar, que cuentan alguna batallita de hace años que apenas recordaba, otras que ensalzan la personalidad tan maravillosa que has demostrado todos estos años, sin olvidar algunos defectos y manías que ponían de punta a más de uno, pero que hacen esbozar una leve sonrisa en ellos.

Aún no puedes creer, que estés presenciando tu propia despedida, rodeado por todos los que alguna vez te han querido, y que no han querido que este último viaje lo hicieras sin ellos. Tu mujer no puede contener las ganas de romper a llorar, y las lágrimas surcan sus mejillas desconsoladas. Tus padres, aún no se lo creen, no hay nada más duro que sobrevivir a tu descendencia, contemplan perplejos el féretro en el que descansas. Tus hermanos abatidos, que durante años han sido confidentes y te han protegido, no saben explicar tu marcha. Tus compañeros de trabajo han perdido a un amigo y compañero, ya no podrán disfrutar de tus comentarios ingeniosos a primera hora de la mañana que siempre conseguía animarlo.

Al ver a todo el mundo roto por el dolor, te preguntas por qué, por qué tú, y qué puedes hacer para evitarles tal sufrimiento, mientras ves tu cuerpo tumbado en un cajón almohadilladlo de madera. Te arrepientes de todo lo que has hecho mal, y de todas las promesas que no vas a poder cumplir, de todos los lugares que te quedan por visitar, de todas las sonrisas que te quedan por dibujar, en todo lo que dejas atrás. No hay consuelo posible para ellos, y haces lo imposible para decirles que estás bien, y que no estén mal por ti, pero es en vano.

El sacerdote, en sus palabras, te promete una vida mejor, pero sabes que la mejor vida está en esa pequeña capilla, con todo esa gente a la que quieres. Es hora de partir, todos se han marchado ya, en un tétrico desfile de trajes negros manchados de pena, dolor y sufrimiento. De la noche a la mañana puede cambiar la vida más estable y estructurada jamás diseñada. Te vas, pero te reconforta saber que al menos, te han querido y querrán y podrás seguir vivo en ellos.

El sacerdote entre susurros al bajar del altar reza lo siguiente:

Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”. «Concédele el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua»

 

 

La noche del fin del mundo

Hace tiempo que encontré este documental de Iker Jiménez, y me pareció simplemente increíble. No voy a poner en duda el uso de la energía nuclear, ni sus ventajas ni sus inconvenientes, solo quería centrarme en la visión de aquellas personas que vivieron aquellos días, que es lo que más me ha impactado. Excluyendo los incisos sobre la profecía de San Juan, que aunque lo encuentre un tanto fuera de lugar, le da un cierto encanto al documental. Lo he visto un par de veces y siempe consigue ponerme los pelos de punta. Merece la pena verlo, y rememorar un pasado trágico de nuestra historia, que seguramente en el futuro siga llenando páginas y páginas de blogs como este.

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